*Por Silvina Molina

La violencia hacia las mujeres periodistas impacta en su salud física, psicológica y emocional, los femicidios de las profesionales están invisibilizados, los ataques online contra ellas son cada vez más recurrentes, los medios de comunicación no contemplan medidas de cuidado y reparación para una realidad que perjudica a toda la sociedad porque silencia, amedrenta y lesiona el derecho a la libertad de expresión.

El 3 de julio de este año, Dubravka Šimonović, Relatora Especial sobre violencia hacia las mujeres de ONU, presentó un amplio informe sobre las violencias hacia las periodistas.

A la violencia física, los abusos, las violaciones se suma la incipiente violencia online, tal como constata la funcionaria, que las identifica como la publicación de información confidencial o doxing, la sextorsión y el troleo, así como la distribución no consentida de contenidos íntimos.

“Así pues, la tecnología ha transformado diferentes formas de violencia de género en algo que puede cometerse a distancia, sin contacto físico y que va más allá de las fronteras, mediante el uso de perfiles anónimos para intensificar el daño a las víctimas”, analiza la Relatora.

Casi siempre anónima y cobarde, pero no siempre, como puede verse en expresiones utilizadas por algún diputado nacional en redes sociales o  presentadores de televisión  que no se guardan palabras para violentar a periodistas en Argentina.

“Además del daño psicológico y profesional que el abuso y el acoso en línea pueden causar a las personas, también se producen perjuicios sociales. De los adultos que han sufrido acoso en línea, muchos también han sido testigos del acoso al que han sido sometidos otros. Esto puede a su vez conducir al silenciamiento de personas que de otro modo podrían contribuir a los debates públicos, en particular las mujeres, las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans y aquellas que pertenecen a minorías raciales o religiosas, que ven cómo se abusa racial y sexualmente de otras personas como ellas”, dice Šimonović.

Precisamente, un relevamiento realizado por Sandra Miguez, directora de Salud Feminista, entre periodistas mujeres de la provincia de Entre Ríos reveló que el 48% de las trabajadoras de prensa había atravesado situaciones de acoso en las redacciones, pero el número se elevaba a 64% cuando afirmaron que fueron testigos de esta violencia.

Porque la violencia impacta en quien la sufre y en quien la presencia, y eso es cotidiano en muchos espacios de trabajo periodístico.

La Relatora destaca en su informe que “a pesar de las crecientes pruebas de violencia en línea y de agresiones físicas que sufren las periodistas, muchos medios de comunicación no han implantado políticas o protocolos oficiales para proteger a sus empleadas”.

En los cursos sobre periodismo de género que coordinamos con Sandra Miguez, este aspecto es uno de los ejes del temario que genera un interesante intercambio con quienes participan de los espacios de aprendizaje y reaprendizaje colectivo: “Nunca se me había ocurrido pensar en la violencia en el interior de mi medio”, es una de las frases que más escuchamos.

Y, como en tantos ámbitos sociales, son los movimientos de mujeres y feministas los que van trazando las necesarias reformas urgentes que se necesitan en los medios, y están surgiendo en Argentina incipientes protocolos para actuar ante estas situaciones.

El aporte feminista es resaltado por la Relatora: “El auge de los movimientos populares, como #MeToo, #NiUnaMenos y sus diversas manifestaciones por todo el mundo, han puesto de relieve el acoso sexual y otras formas de violencia de género, como el sexismo generalizado y las prácticas discriminatorias omnipresentes en las redacciones”.

Aimée Vega Montiel, investigadora de la Universidad Autónoma de México y presidenta de la Alianza Global de Medios y Género (GAMAG, por sus siglas en inglés), una de las organizaciones que aportó datos para el informe de la Relatora, hace un análisis sobre el documento para Salud Feminista.

“Los gobiernos y las industrias de medios informativos han progresado lentamente para garantizar condiciones de seguridad a las mujeres periodistas. La mayoría de las acciones progresivas para abordar este problema generalizado han sido logradas por ellas mismas, ONGs y académicas. Gracias al trabajo realizado por mujeres representantes de estos sectores, la violencia contra mujeres periodistas fue visibilizada y llamó la atención de los tribunales de derechos humanos”, aporta la catedrática mexicana.

Otro dato de la realidad que incorpora el documento de la Relatora es el miedo a denunciar, porque “a pesar de que cada vez son más las periodistas que se atreven a hablar, la gran mayoría sigue absteniéndose de denunciar” a menudo “por el estigma cultural” o por “temor a deshonrar a sus familias y manchar su propia reputación”, incluso “muchas periodistas, especialmente las que quieren trabajar sobre el terreno, son reacias a revelar a sus editores que han sido violadas, por temor a que se las perciba como vulnerables y no se les confíen nuevos reportajes en el futuro”.

La falta de flexibilidad de las jornadas laborales, el acceso parcial o nulo a servicios de guardería a precios razonables y de calidad, políticas inadecuadas en materia de licencias parentales, actitudes sociales negativas y las prolongadas jornadas laborales típicas de la cultura organizativa de muchos medios de comunicación, también son enumeradas por la funcionaria de ONU a modo de contexto que fermenta la violencia.

Šimonović aporta otra realidad: la invisibilidad de los femicidios de periodistas.

“Sería importante que, cada vez que una periodista muera asesinada, se realizase un análisis del caso desde una perspectiva de derechos humanos y de género, a fin de determinar si hubo un motivo de género que lleve a clasificar el asesinato como feminicidio”, dice.

Dar a conocer los femicidios de periodistas y las violencias hacia ellas –hacia nosotras- fue un trabajo pionero que iniciamos en 2009 desde la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género, junto a las mexicanas Lucía Lagunes Huerta, Yunuhen Rangel Medina y Luis María Otero (1953-2010).

Esa tarea que me tocó co coordinar con las compañeras mexicanas por 10 años, apoyada con el trabajo continuo e indispensable de Cimac, puso en agenda las violencias a periodistas, porque si bien había organizaciones que las denunciaban, no identificaban las que afectan a las mujeres en el ejercicio de la profesión.

Por eso, escribir hoy este  artículo del informe especial de la Relatora es hablar de cómo avanzamos, a veces lento, a veces con más impulso, pero el camino está abierto y no hay retorno.

*Co directora de Salud Feminista